/ domingo 17 de enero de 2021

No creía en el Covid-19, hasta que se contagio

Hoy vive con las complicaciones de la enfermedad

María Dolores Montecillo Cadena, de 50 años de edad, no creía en la Covid-19 hasta que padeció en carne propia los síntomas de esta enfermedad y aunque es consciente de que las secuelas estarán presentes el resto de su vida, ha platicado decidió contar su experiencia para que la gente se dé cuenta de los estragos que deja esta enfermedad.

“Yo era de las personas que no creían en el Covid-19, pensaba que era un invento o que simplemente no existía, inclusive una amiga me decía constantemente que me cuidará mucho, recuerdo que fue un día que llovió muy fuerte y hacia aire, cuando comencé a sentirme mal, me empezó o a doler mi cuerpo y al llegar a mi casa me metí a bañar pensado que era solo una gripe pero no fue así”, explicó.

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Volviendo los ojos hacia arriba tratando de recordar esos momentos donde experimentó el más grande sufrimiento de toda su vida, María Dolores narra la agonía que sufrió encerrada entre las cuatro paredes de su cuarto, sin su familia, sin poder salir y sin nadie a quien contar lo que le sucedía.

Eran días enteros con dolores agudos de cabeza, en las articulaciones, nauseas, mareos, no podía identificar el sabor de los alimentos, ni disfrutaba de los aromas de las cosas que la rodeaban, el pesar de su cuerpo era insoportables, peor que lo que experimenta una mujer cuando va a dar a luz, así lo describió en diversas ocasiones.

Pese a haberse recuperado de Covid-19, Dolores tiene que seguir con su vida, pero acompañada de las secuelas de la enfermedad, lo que la ha vuelto más sensible ante los cambios de temperatura y presenta malestares en su espalda. Una mujer que tuvo que creer en el virus en carne propia y que constantemente tiene dolor como un recordatorio permanente de las consecuencias de la incredulidad.

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Durante su encierro y para aminorar la molestia en su cuerpo, hizo del ibuprofeno y el paracetamol sus aliados más fieles, que consumía cada vez que los malestares no la dejan ponerse en pie.

Para María la etapa más cruel de la infección fue durante las últimas dos semanas, donde la invadió la depresión provocando que en diversas ocasiones la sensación de llorar la asediaba.

“El dolor se iba aminorado, pero faltaba lo último, cuando tienes mucho tiempo de estar sola te empiezas a deprimir y es ahí donde viene lo más difícil, tenía unas ganas inmensas de llorar, yo le hablaba a mi amiga y ella siempre me decía ‘no, no, no, nada de llorar ya es lo último, viene lo más difícil es cuando comienzas a llorar, si tu lloras se te van abajar las defensas y de todo lo que llevas avanzado retrocederás’, fue ahí cuando Dios y las oraciones se volvieron mi fortaleza”, refirió.

Hoy, Dolores sufre las consecuencias de una enfermedad que ella no buscó ni pidió y con las cuales tiene que aprender a vivir, pero describe a la enfermedad como un momento de enseñanza para volver a recuperar la unidad, empatía y el valor de la familia en medio de una época donde la tecnología ha robado la atención.

Asimismo hizo un llamado a la ciudadanía a continuar con los protocolos sanitarios, acatando las medidas sanitarias y exhortó a ser empáticos para con las personas que sufren a causa de esta afectación.

María Dolores Montecillo Cadena, de 50 años de edad, no creía en la Covid-19 hasta que padeció en carne propia los síntomas de esta enfermedad y aunque es consciente de que las secuelas estarán presentes el resto de su vida, ha platicado decidió contar su experiencia para que la gente se dé cuenta de los estragos que deja esta enfermedad.

“Yo era de las personas que no creían en el Covid-19, pensaba que era un invento o que simplemente no existía, inclusive una amiga me decía constantemente que me cuidará mucho, recuerdo que fue un día que llovió muy fuerte y hacia aire, cuando comencé a sentirme mal, me empezó o a doler mi cuerpo y al llegar a mi casa me metí a bañar pensado que era solo una gripe pero no fue así”, explicó.

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Volviendo los ojos hacia arriba tratando de recordar esos momentos donde experimentó el más grande sufrimiento de toda su vida, María Dolores narra la agonía que sufrió encerrada entre las cuatro paredes de su cuarto, sin su familia, sin poder salir y sin nadie a quien contar lo que le sucedía.

Eran días enteros con dolores agudos de cabeza, en las articulaciones, nauseas, mareos, no podía identificar el sabor de los alimentos, ni disfrutaba de los aromas de las cosas que la rodeaban, el pesar de su cuerpo era insoportables, peor que lo que experimenta una mujer cuando va a dar a luz, así lo describió en diversas ocasiones.

Pese a haberse recuperado de Covid-19, Dolores tiene que seguir con su vida, pero acompañada de las secuelas de la enfermedad, lo que la ha vuelto más sensible ante los cambios de temperatura y presenta malestares en su espalda. Una mujer que tuvo que creer en el virus en carne propia y que constantemente tiene dolor como un recordatorio permanente de las consecuencias de la incredulidad.

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Durante su encierro y para aminorar la molestia en su cuerpo, hizo del ibuprofeno y el paracetamol sus aliados más fieles, que consumía cada vez que los malestares no la dejan ponerse en pie.

Para María la etapa más cruel de la infección fue durante las últimas dos semanas, donde la invadió la depresión provocando que en diversas ocasiones la sensación de llorar la asediaba.

“El dolor se iba aminorado, pero faltaba lo último, cuando tienes mucho tiempo de estar sola te empiezas a deprimir y es ahí donde viene lo más difícil, tenía unas ganas inmensas de llorar, yo le hablaba a mi amiga y ella siempre me decía ‘no, no, no, nada de llorar ya es lo último, viene lo más difícil es cuando comienzas a llorar, si tu lloras se te van abajar las defensas y de todo lo que llevas avanzado retrocederás’, fue ahí cuando Dios y las oraciones se volvieron mi fortaleza”, refirió.

Hoy, Dolores sufre las consecuencias de una enfermedad que ella no buscó ni pidió y con las cuales tiene que aprender a vivir, pero describe a la enfermedad como un momento de enseñanza para volver a recuperar la unidad, empatía y el valor de la familia en medio de una época donde la tecnología ha robado la atención.

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