/ miércoles 6 de octubre de 2021

Signos silenciosos de que la crianza con golpes sí te hizo daño

Aunque se suele creer que el castigo físico es un método de educación válido, en realidad tiene más consecuencias negativas que positivas

Dentro de las sociedades modernas, una de las preocupaciones más grandes son los altos niveles de violencia, tanto en las calles dentro de las casas, por ello dependencias como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) han emprendido campañas para erradicar el uso de la violencia como método disciplinario durante la crianza, debido a que sus consecuencias alimentan el ciclo de violencias.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Niños, Niñas y Mujeres, realizada por el Instituto Nacional de Salud Pública en 2015, en México 6 de cada 10 de niños, niñas o adolescentes de entre 1 y 14 años han experimentado algún tipo de disciplina violenta o maltrato en su hogar.

Y aunque sólo 1 de cada 20 personas cuidadoras validan abiertamente el uso de violencia como herramienta de crianza, 3 de cada 10 han golpeado al menor a su cargo debido a la frustración.

¿Por qué los cuidadores recurren a la violencia?

La Unicef advierte que el uso de la violencia durante la crianza se debe a que los padres no cuentan con las estrategias necesarias para establecer límites a sus hijos sin recurrir al castigo, o porque se ven desbordados por sus propias emociones. De igual manera, el uso de este tipo de condicionamiento se mantiene arraigado la sociedad debido a que da resultado de manera rápida.

No obstante, las agresiones como método disciplinario suelen tener más consecuencias que beneficios. Por un lado, el condicionamiento por castigo no se puede entender como "educar" en el estricto sentido de la palabra, pues los niños que suelen recibir este tipo de maltrato sólo responden para evitar el dolor, ya sea físico o emocional.

El condicionamiento por violencia responde al miedo, no a una corrección del comportamiento. / Foto: Pixabay

Por otro lado, al recibir una agresión por parte de una figura que debería generar seguridad en el menor, la sensación de impotencia, miedo, e incluso resentimiento, genera la ruptura de este espacio y puede ocasionar que los niños repliquen esta conducta en otros espacios; por ejemplo, hostigando a sus compañeros en la escuela, o en el extremo contrario, adoptando posturas pasivas ante abusos de otras personas.

En este sentido, las justificaciones para el uso de violencia como "te pego para que aprendas a portarte bien" provocan que los niños acepten la culpa por las agresiones en su contra, que a largo plazo puede provocar que mantengan relaciones destructivas sin que sean conscientes de ellos.

Otra de las consecuencias que a simple vista no se aprecian, o que suelen confundirse con otras conductas, es la incapacidad para manejar los problemas cotidianos y procesar las emociones que surgen de ello. No es de sorprender que los estudios sobre niños violentados arrojen que ellos presentan un mayor riesgo de abusar de sustancias peligrosas a lo largo de su vida.

Asimismo, al carecer de mejores modelos para la resolución de problemas, es probable que quienes recibieron castigos físicos o emocionales a manera de correctivo repliquen este proceso para resolver su problemas, es decir, perpetúa el círculo vicioso de violencia.

Tan solo en 2019 se registraron 239 mil 219 carpetas de investigación iniciadas por delitos contra la familia, según recoge la organización México Social con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), lo que muestra lo arraigado que está el uso de violencia en nuestro entorno.

El sentimiento de culpa que suele crecer en los niños cuando sus cuidadores emplean violencia para disciplinarlos propicia baja autoestima a lo largo de su vida, así como la imagen que tienen de sí mismos.

Si estos factores se suma que la atención psicológica en la sociedad mexicana aún enfrenta un fuerte estigma y que el presupuesto gubernamental para la atención de la salud mental es insuficiente, por decir lo menos, el panorama tras crecer bajo patrones de violencia no es alentador.

Dentro de las sociedades modernas, una de las preocupaciones más grandes son los altos niveles de violencia, tanto en las calles dentro de las casas, por ello dependencias como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) han emprendido campañas para erradicar el uso de la violencia como método disciplinario durante la crianza, debido a que sus consecuencias alimentan el ciclo de violencias.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Niños, Niñas y Mujeres, realizada por el Instituto Nacional de Salud Pública en 2015, en México 6 de cada 10 de niños, niñas o adolescentes de entre 1 y 14 años han experimentado algún tipo de disciplina violenta o maltrato en su hogar.

Y aunque sólo 1 de cada 20 personas cuidadoras validan abiertamente el uso de violencia como herramienta de crianza, 3 de cada 10 han golpeado al menor a su cargo debido a la frustración.

¿Por qué los cuidadores recurren a la violencia?

La Unicef advierte que el uso de la violencia durante la crianza se debe a que los padres no cuentan con las estrategias necesarias para establecer límites a sus hijos sin recurrir al castigo, o porque se ven desbordados por sus propias emociones. De igual manera, el uso de este tipo de condicionamiento se mantiene arraigado la sociedad debido a que da resultado de manera rápida.

No obstante, las agresiones como método disciplinario suelen tener más consecuencias que beneficios. Por un lado, el condicionamiento por castigo no se puede entender como "educar" en el estricto sentido de la palabra, pues los niños que suelen recibir este tipo de maltrato sólo responden para evitar el dolor, ya sea físico o emocional.

El condicionamiento por violencia responde al miedo, no a una corrección del comportamiento. / Foto: Pixabay

Por otro lado, al recibir una agresión por parte de una figura que debería generar seguridad en el menor, la sensación de impotencia, miedo, e incluso resentimiento, genera la ruptura de este espacio y puede ocasionar que los niños repliquen esta conducta en otros espacios; por ejemplo, hostigando a sus compañeros en la escuela, o en el extremo contrario, adoptando posturas pasivas ante abusos de otras personas.

En este sentido, las justificaciones para el uso de violencia como "te pego para que aprendas a portarte bien" provocan que los niños acepten la culpa por las agresiones en su contra, que a largo plazo puede provocar que mantengan relaciones destructivas sin que sean conscientes de ellos.

Otra de las consecuencias que a simple vista no se aprecian, o que suelen confundirse con otras conductas, es la incapacidad para manejar los problemas cotidianos y procesar las emociones que surgen de ello. No es de sorprender que los estudios sobre niños violentados arrojen que ellos presentan un mayor riesgo de abusar de sustancias peligrosas a lo largo de su vida.

Asimismo, al carecer de mejores modelos para la resolución de problemas, es probable que quienes recibieron castigos físicos o emocionales a manera de correctivo repliquen este proceso para resolver su problemas, es decir, perpetúa el círculo vicioso de violencia.

Tan solo en 2019 se registraron 239 mil 219 carpetas de investigación iniciadas por delitos contra la familia, según recoge la organización México Social con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), lo que muestra lo arraigado que está el uso de violencia en nuestro entorno.

El sentimiento de culpa que suele crecer en los niños cuando sus cuidadores emplean violencia para disciplinarlos propicia baja autoestima a lo largo de su vida, así como la imagen que tienen de sí mismos.

Si estos factores se suma que la atención psicológica en la sociedad mexicana aún enfrenta un fuerte estigma y que el presupuesto gubernamental para la atención de la salud mental es insuficiente, por decir lo menos, el panorama tras crecer bajo patrones de violencia no es alentador.

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