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TOMA Y DACA.

  • Armando Trueba Uzeta

Por: Armando Trueba Uzeta.

Los mexicanos tenemos la impresión generalizada de que la sociedad estadounidense vive inmersa en un verdadero estado de derecho. Esto es algo que, a quienes habitamos al sur del Bravo, nos parece extraordinario. Tan solo cruzar la frontera opera en nosotros una súbita transformación de nuestra personalidad: tiramos la basura precisamente en los sitios indicados, con la prudencia de no equivocarnos y echar plásticos en el depósito de biodegradables; cruzamos las avenidas en las esquinas, esperando pacientemente la luz que nos ceda el paso; respetamos las señales de velocidad máxima; en fin, hacemos todo lo que en nuestro país nos parece innecesario y, en ocasiones, hasta ridículo. 

Esa conducta condicionada obedece a diversos motivos, uno de ellos radica en la concepción de que en los Estados Unidos predomina el estado de derecho, expresado en su más elemental dimensión: la seguridad jurídica. Allá se conocen de antemano “las reglas del juego” y las consecuencias que eventualmente puede acarrear conducirnos de manera indebida o ilegal. Nos reconocemos obligados a respetarlas, porque asumimos que el poder público también habrá de hacerlo. El estado se encuentra sometido al régimen jurídico, al derecho, y tanto su conducta como la de los particulares están controladas por el sometimiento a la ley; rige un principio de estricta legalidad.   

No sugiero que el estadounidense sea el perfecto paradigma internacional del orden y la honestidad; de hecho, suele ser también un sistema contaminado y tolerante a ciertos niveles de corrupción, pero cuenta con estructuras institucionales funcionales y suficientes para administrar esos vicios y evitar su generalización. O al menos, así había sido durante décadas, pero hoy el sistema de vida norteamericano parece estar dejando de ser lo que solía. La figura de Trump ha despertado al peor Estados Unidos: el estado racista y atrabiliario; el de las ansias guerreras y nucleares; el paraíso de los White, Anglo-Saxon and Protestan (WASP). Trump ha venido a reanimar a los alicaídos miembros del Ku-Klux-Klan, que, cándidamente, se pensaba eran cosa del pasado.

La intolerancia de Trump ha propinado severos golpes dedicados particularmente a México, el periodista Jorge Ramos los ha sintetizado con precisión: a) Nos ha llamado violadores; b) Insiste en construir el muro; c) Perdona al sheriff Arpaio; y d) Ha dado por terminada la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés). Y yo agregaría otro: ha exigido la renegociación del TLCAN sin ninguna razón comercial de peso, pero si muchas de xenofobia. Por mucho menos que eso expulsamos al embajador de Corea del Norte, pero sabemos que con los Estados Unidos eso no va a suceder, ya antes hemos apechugado con peores indignidades cortesía de los gobiernos gringos.

En la era digital, las tradiciones populares mexicanas tienden a desaparecer. Este sino parece inevitable para el juego de la Pirinola o Perinola, de donde surgió la popular expresión del “Toma y Daca”. Este juego suponía una especie de ruleta de la suerte a la mexicana, donde el artilugio se hacía girar por el participante y caía en alguna de sus caras, de manera que si el jugador era afortunado tomaba todo o, al contrario, daba todo, aunque también había puntos intermedios donde se daba y tomaba parte de los objetos del juego. Era esa la esencia del “toma y daca”, una suerte de trueque simultáneo, en el que, al final, los jugadores no perdían ni ganaban todo, la suerte se intercalaba. Hoy en día la expresión es recurrida por los cronistas deportivos cuando los equipos en algún deporte compiten al mismo nivel y con análoga intensidad, en un “toma y daca” de oportunidades.

Parece que, en esta etapa de nuestra intrincada historia con los Estados Unidos, en el perenne juego de la Pirinola que sostenemos, a México le ha tocado en suerte puros “Pones todo”, sin tomar nada a cambio. En esta mala racha, surge la abrogación del DACA. Daca Todo, nos indica por ahora el infortunio. 

El programa ejecutivo del Presidente Obama concedía cierto grado de seguridad jurídica a más de 750,000 Dreamers, en su mayoría personas de origen mexicano, pero ahora, la cancelación del programa por parte de las estultas políticas de Trump, coloca a los afectados como apátridas funcionales y en una situación similar a la que viven los terroristas confinados en las cárceles de Guantánamo, sin derechos reconocidos e inmersos en la más absoluta incertidumbre jurídica. Trump ni siquiera se atreve a cumplir sus absurdas amenazas ni sus promesas de campaña dedicadas a su pléyade de ignorantes seguidores. Contumaz y sabedor de que pretender expulsar a más de tres cuartos de millón de personas, que en realidad deben ser consideradas como ciudadanos americanos, es un absoluto despropósito, hasta para él, ha optado por “escurrir el bulto” de la manera más burda que ha podido: arrojar la papa caliente al Congreso. Así, Trump puede jurar ante sus electores blancos que ha cumplido con cancelar el programa de su incomodo antecesor, a la vez que artificiosamente constriñe a los congresistas a tomar las decisiones que el mismo Trump cobardemente ha evadido adoptar y cuyo costo político no está dispuesto a asumir el solo.      

Obama creó el programa DACA como respuesta ejecutiva a un legislativo que decidió no decidir sobre la situación legal de este conjunto de personas que, no habiendo nacido en los Estados Unidos ni siendo hijos de estadounidenses, habían crecido como tales. Los Dreamers, no conocen ni reconocen otro país como suyo fuera de los Estados Unidos. Expulsarlos de SU tierra es aplicarles una pena de destierro nada más por el delito de ser mexicanos o salvadoreños. Ninguna justicia hay en este aberrante acto, más propio de la Alemania Nazi que de una nación moderna y democrática. Expulsarlos sería un crimen de lesa humanidad. Ojalá prive la cordura en los congresistas y que la Pirinola caiga en el casillero “Todos Ganan”.