/ sábado 4 de junio de 2022

Más peligroso que el COVID-19

Aunque traten de volver a asustarnos contabilizando aumentos ínfimos en los números de casos y hasta con enfermedades nuevas que siempre han existido (hepatitis y sarampión), no sé si haya un mayor riesgo para la economía nacional, y en particular para el bolsillo del mexicano de a pie, que el Servicio de Administración Tributaria (SAT).

Esta semana, busqué hacer un trámite en la oficina de Irapuato, pues su sistema me impedía presentar unos informes de transparencia que, al igual que la temporada de lluvias, cada año cambian de fecha, imagino que se debe también al cambio climático. Y como todos sabemos, los plazos con el SAT son perentorios, para esta organización no existe más realidad tangible que la de los sellos electrónicos y cada minuto de más significa jugosas multas. Tras estacionar mi auto, pensé que algo estaban regalando en sus oficinas, pues la fila serpenteaba hasta a la zona más recóndita de parqueo. Por supuesto: ciudadanos de a pie pidiendo su opinión de cumplimiento. Tras preguntar y hacer uso de su sala de cómputo, pude comprobar que los cuatro navegadores (obvio, porque con el SAT es imposible confiar en uno solo) que tengo instalados en mi PC no tenían problema alguno: el desperfecto emanaba de los servidores de la institución. La oficina de Irapuato quería enviarme a Celaya, pues aquí no hay expertos en asociaciones civiles y allá sí. La única alternativa viable que pudieron indicarme fue el MarcaSat (otra palabreja) de muy triste recuerdo porque he pasado horas tratando de resolver problemas con la firma electrónica para luego tener que sacar cita e ir a la oficina local. Fue mi día de suerte, y pude resolver todo en tiempo y forma a través de varias llamadas telefónicas tras unas cinco horas desde mi visita a la oficina. Tiempo perdido que se acumula al de muchos mexicanos en la economía formal paralizados por la falta de una firma electrónica o un sello digital… ¿Podemos cuantificar cuánto nos cuesta este afán omnímodo del SAT? ¿Será más de lo que se evade? ¿No nos decían que lo que ahorraríamos en corrupción iba a compensar todo aquello que no recaudábamos?

Con tantos datos y trámites, ¿Qué tan confiables pueden ser los monstruosos sistemas del SAT? Si cada negocio legal del país debe ingresar a su sistema para poder generar algo tan simple como una factura, que en cualquier otro lugar del mundo puede generarse incluso a mano escrita, ¿Qué pasará cuando ese monstruo colapse? ¿Tiene algún sentido un sistema tan opresor como el tributario mexicano? Algo que sigue en aumento hacia derroteros que muchos tememos. Ante la reciente obligatoriedad de registrar a todo mayor de 18 años en el SAT, ¿Llegará éste algún día a cumplir una función paralela o reemplazará de plano al INE? Porque recordemos que hace no tanto, sólo los varones empadronados y que pagaban impuestos tenían derecho al voto. ¿Llegaremos algún día a retomar viejas costumbres? El SAT a través del RFC posee nuestras huellas, nuestros números de cuentas, hasta un registro del iris de cada contribuyente, lo único que les falta pedir es nuestro registro dental. ¿Para qué tanto?¿Qué extraño culto emergido del dataísmo gobierna las políticas del SAT?

Más peligroso que la hepatitis en las fresas, que la viruela del mono; se llama Servicio de Administración Tributaria, o SAT para los amigos, no sólo lo sabe todo sobre ti y puede encuerarte. También puede llevarse la economía de este país entre las patas.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

Aunque traten de volver a asustarnos contabilizando aumentos ínfimos en los números de casos y hasta con enfermedades nuevas que siempre han existido (hepatitis y sarampión), no sé si haya un mayor riesgo para la economía nacional, y en particular para el bolsillo del mexicano de a pie, que el Servicio de Administración Tributaria (SAT).

Esta semana, busqué hacer un trámite en la oficina de Irapuato, pues su sistema me impedía presentar unos informes de transparencia que, al igual que la temporada de lluvias, cada año cambian de fecha, imagino que se debe también al cambio climático. Y como todos sabemos, los plazos con el SAT son perentorios, para esta organización no existe más realidad tangible que la de los sellos electrónicos y cada minuto de más significa jugosas multas. Tras estacionar mi auto, pensé que algo estaban regalando en sus oficinas, pues la fila serpenteaba hasta a la zona más recóndita de parqueo. Por supuesto: ciudadanos de a pie pidiendo su opinión de cumplimiento. Tras preguntar y hacer uso de su sala de cómputo, pude comprobar que los cuatro navegadores (obvio, porque con el SAT es imposible confiar en uno solo) que tengo instalados en mi PC no tenían problema alguno: el desperfecto emanaba de los servidores de la institución. La oficina de Irapuato quería enviarme a Celaya, pues aquí no hay expertos en asociaciones civiles y allá sí. La única alternativa viable que pudieron indicarme fue el MarcaSat (otra palabreja) de muy triste recuerdo porque he pasado horas tratando de resolver problemas con la firma electrónica para luego tener que sacar cita e ir a la oficina local. Fue mi día de suerte, y pude resolver todo en tiempo y forma a través de varias llamadas telefónicas tras unas cinco horas desde mi visita a la oficina. Tiempo perdido que se acumula al de muchos mexicanos en la economía formal paralizados por la falta de una firma electrónica o un sello digital… ¿Podemos cuantificar cuánto nos cuesta este afán omnímodo del SAT? ¿Será más de lo que se evade? ¿No nos decían que lo que ahorraríamos en corrupción iba a compensar todo aquello que no recaudábamos?

Con tantos datos y trámites, ¿Qué tan confiables pueden ser los monstruosos sistemas del SAT? Si cada negocio legal del país debe ingresar a su sistema para poder generar algo tan simple como una factura, que en cualquier otro lugar del mundo puede generarse incluso a mano escrita, ¿Qué pasará cuando ese monstruo colapse? ¿Tiene algún sentido un sistema tan opresor como el tributario mexicano? Algo que sigue en aumento hacia derroteros que muchos tememos. Ante la reciente obligatoriedad de registrar a todo mayor de 18 años en el SAT, ¿Llegará éste algún día a cumplir una función paralela o reemplazará de plano al INE? Porque recordemos que hace no tanto, sólo los varones empadronados y que pagaban impuestos tenían derecho al voto. ¿Llegaremos algún día a retomar viejas costumbres? El SAT a través del RFC posee nuestras huellas, nuestros números de cuentas, hasta un registro del iris de cada contribuyente, lo único que les falta pedir es nuestro registro dental. ¿Para qué tanto?¿Qué extraño culto emergido del dataísmo gobierna las políticas del SAT?

Más peligroso que la hepatitis en las fresas, que la viruela del mono; se llama Servicio de Administración Tributaria, o SAT para los amigos, no sólo lo sabe todo sobre ti y puede encuerarte. También puede llevarse la economía de este país entre las patas.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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