/ sábado 6 de octubre de 2018

LA TORMENTA QUE NO HA SIDO

Por: Armando Trueba Uzeta

A principios de este año 2018 diversas plumas y comentaristas presagiaban un entorno más que complicado para la economía mexicana. En ese entonces, intelectuales como Jorge Castañeda et al, vaticinaban la “tormenta perfecta” para el país; un desastroso coctel compuesto por tres ingredientes esenciales: el ajuste fiscal de Donald Trump, el fin del TLCAN y el triunfo de López Obrador en la elección presidencial. A poco menos de tres meses para terminar el año, resulta que estos nubarrones si bien no se han disipado del todo, al menos se han difuminado sensiblemente a la luz de la realidad que hoy se presenta.

La reforma fiscal de Trump ya está en marcha y operando; implica un agresivo régimen jurídico tributario de recortes impositivos a favor de las empresas y de las clases rica y media de los Estados Unidos, con el objetivo esencial de repatriar capitales hacia ese país. No cabe duda que dicho régimen ha conseguido restarle atractivo a otros destinos, México inclusive, y no obstante ello, nuestro país no ha reaccionado a esas políticas como se suponía tendría que haberlo hecho: mediante recortes a las tasas de ISR e IVA (salvo los recortes anunciados para la frontera norte). De este modo, ante la evidente ventaja que representa para nuestros vecinos del norte su nuevo régimen fiscal, en nuestro país no solo no se ha dado una reforma tributaria integral alguna, sino que todo indica que tampoco la habrá bajo el nuevo régimen.

Los expertos son coincidentes en el hecho de que la economía estadounidense va bien gracias a las políticas de su presidente, por mucho que cueste reconocer su éxito; igualmente, las cifras del desempleo se han colocado en su punto más bajo durante décadas. Quizá ello le proporcione a Trump las prendas necesarias para mantener las posiciones de su partido, de cara a las inminentes elecciones que allá se avecinan.

La fortaleza económica que muestran los Estados Unidos, si bien es cierto ha afectado el índice de inversión en México, también es verdad que los efectos no se han dejado sentir de manera tan dramática como se estimaba. Los índices de inversión extranjera permanecen dentro del rango de variabilidad que tradicionalmente se ha registrado en los últimos años; es decir, no se han dejado sentir saltos considerables hacia la baja, como se suponía habría de suceder, aunque ello no significa que tal cosa no pueda darse en un futuro inmediato, dada la parsimonia que en materia fiscal ha mostrado el gobierno mexicano.

Por lo que toca al destino del TLCAN, ahora conocido con el impronunciable acrónimo de AEUMC, ya es conocido el desenlace de las negociaciones tripartitas. Finalmente, la presión de Trump sobre Canadá ha terminado por obligarle a condescender con algunas condiciones en principio inaceptables para los canadienses, tal como en su momento le fueron impuestas a México. Pero el caso es que no hubo tal fin del TLCAN (o como se llame) y, en cambio, si se ha alcanzado una renegociación que garantiza su permanencia durante casi décadas más. Eso, sin duda, son buenas nuevas para México, pues no quisiéramos imaginar como serían las cosas si hoy la noticia fuera precisamente el fin de este acuerdo comercial. Seguro habrá cambios, no solo de nombre, sino profundos, como las nuevas reglas en cuanto a la producción de automóviles —lo que debe preocuparnos sobremanera en esta región del Bajío—, incluyendo la obligación de pagar salarios más altos a los trabajadores de esta industria, que como quiera, necesariamente deberán ser interpretados como un saldo positivo para los intereses mexicanos, aún cuando quizá no sea lo que hubiéramos querido. En este rubro, la tormenta perfecta simplemente no sucedió.

Para cerrar con la triada de las desgracias previstas, sucede que efectivamente se dio el triunfo electoral del López Obrador. Y no solo eso, sino que prácticamente su partido lo ganó todo, de manera que, al menos durante la primera mitad de su sexenio, no deberá tener más problema para echar a andar sus políticas y proyectos más allá de las limitaciones presupuestales. A más de tres meses de su triunfo electoral, es evidente que ello no se ha significado ningún desastre para la economía nacional, la cual, de hecho, marcha como si fuese ajena al cambio político en marcha.

No se sabe ahora mismo que tipo de líder será López Obrador, si se decantará por el populismo, autoritarismo y nacionalismo o si se conducirá como un presidente pragmático, conservador y verdaderamente democrático. La preocupación por el rumbo que decida tomar es directamente proporcional a la magnitud de las esperanzas de cambio que ha generado. Por lo pronto, es claro que los mercados han demostrado que pueden y saben convivir con el nuevo régimen, lo que ha contribuido a aclarar el negro horizonte que hasta hace unos meses se profetizaba. Ojalá así permanezca el clima y que los agoreros de la desgracia terminen por estar rotundamente equivocados.

Por: Armando Trueba Uzeta

A principios de este año 2018 diversas plumas y comentaristas presagiaban un entorno más que complicado para la economía mexicana. En ese entonces, intelectuales como Jorge Castañeda et al, vaticinaban la “tormenta perfecta” para el país; un desastroso coctel compuesto por tres ingredientes esenciales: el ajuste fiscal de Donald Trump, el fin del TLCAN y el triunfo de López Obrador en la elección presidencial. A poco menos de tres meses para terminar el año, resulta que estos nubarrones si bien no se han disipado del todo, al menos se han difuminado sensiblemente a la luz de la realidad que hoy se presenta.

La reforma fiscal de Trump ya está en marcha y operando; implica un agresivo régimen jurídico tributario de recortes impositivos a favor de las empresas y de las clases rica y media de los Estados Unidos, con el objetivo esencial de repatriar capitales hacia ese país. No cabe duda que dicho régimen ha conseguido restarle atractivo a otros destinos, México inclusive, y no obstante ello, nuestro país no ha reaccionado a esas políticas como se suponía tendría que haberlo hecho: mediante recortes a las tasas de ISR e IVA (salvo los recortes anunciados para la frontera norte). De este modo, ante la evidente ventaja que representa para nuestros vecinos del norte su nuevo régimen fiscal, en nuestro país no solo no se ha dado una reforma tributaria integral alguna, sino que todo indica que tampoco la habrá bajo el nuevo régimen.

Los expertos son coincidentes en el hecho de que la economía estadounidense va bien gracias a las políticas de su presidente, por mucho que cueste reconocer su éxito; igualmente, las cifras del desempleo se han colocado en su punto más bajo durante décadas. Quizá ello le proporcione a Trump las prendas necesarias para mantener las posiciones de su partido, de cara a las inminentes elecciones que allá se avecinan.

La fortaleza económica que muestran los Estados Unidos, si bien es cierto ha afectado el índice de inversión en México, también es verdad que los efectos no se han dejado sentir de manera tan dramática como se estimaba. Los índices de inversión extranjera permanecen dentro del rango de variabilidad que tradicionalmente se ha registrado en los últimos años; es decir, no se han dejado sentir saltos considerables hacia la baja, como se suponía habría de suceder, aunque ello no significa que tal cosa no pueda darse en un futuro inmediato, dada la parsimonia que en materia fiscal ha mostrado el gobierno mexicano.

Por lo que toca al destino del TLCAN, ahora conocido con el impronunciable acrónimo de AEUMC, ya es conocido el desenlace de las negociaciones tripartitas. Finalmente, la presión de Trump sobre Canadá ha terminado por obligarle a condescender con algunas condiciones en principio inaceptables para los canadienses, tal como en su momento le fueron impuestas a México. Pero el caso es que no hubo tal fin del TLCAN (o como se llame) y, en cambio, si se ha alcanzado una renegociación que garantiza su permanencia durante casi décadas más. Eso, sin duda, son buenas nuevas para México, pues no quisiéramos imaginar como serían las cosas si hoy la noticia fuera precisamente el fin de este acuerdo comercial. Seguro habrá cambios, no solo de nombre, sino profundos, como las nuevas reglas en cuanto a la producción de automóviles —lo que debe preocuparnos sobremanera en esta región del Bajío—, incluyendo la obligación de pagar salarios más altos a los trabajadores de esta industria, que como quiera, necesariamente deberán ser interpretados como un saldo positivo para los intereses mexicanos, aún cuando quizá no sea lo que hubiéramos querido. En este rubro, la tormenta perfecta simplemente no sucedió.

Para cerrar con la triada de las desgracias previstas, sucede que efectivamente se dio el triunfo electoral del López Obrador. Y no solo eso, sino que prácticamente su partido lo ganó todo, de manera que, al menos durante la primera mitad de su sexenio, no deberá tener más problema para echar a andar sus políticas y proyectos más allá de las limitaciones presupuestales. A más de tres meses de su triunfo electoral, es evidente que ello no se ha significado ningún desastre para la economía nacional, la cual, de hecho, marcha como si fuese ajena al cambio político en marcha.

No se sabe ahora mismo que tipo de líder será López Obrador, si se decantará por el populismo, autoritarismo y nacionalismo o si se conducirá como un presidente pragmático, conservador y verdaderamente democrático. La preocupación por el rumbo que decida tomar es directamente proporcional a la magnitud de las esperanzas de cambio que ha generado. Por lo pronto, es claro que los mercados han demostrado que pueden y saben convivir con el nuevo régimen, lo que ha contribuido a aclarar el negro horizonte que hasta hace unos meses se profetizaba. Ojalá así permanezca el clima y que los agoreros de la desgracia terminen por estar rotundamente equivocados.