/ sábado 9 de noviembre de 2019

Berlín: el muro que nunca debió existir

Betty Zanolli Fabila

“Dos yoes / hacen dos sombras / dos yoes / son dos sueños”: C. Grasnick. Sí, como resultado de la Conferencia de Yalta, se determinó dividir Alemania como “requisito para la futura paz y seguridad” del mundo. Su parte oriental sería administrada por la URSS y la occidental por Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. En 1949 nacieron Alemania Occidental primero, confirmando la creación de la República Federal Alemana (RFA), con capital en Bonn y, más tarde, la República Democrática Alemana (RDA), con capital en Berlín. Sin embargo, esto era solo el principio de la llamada Guerra Fría. Al paso del tiempo, las relaciones entre los bloques de los antiguos aliados comenzaron a enfriarse y las desintegraciones a aparecer, reforzadas por la suscripción de diversos tratados regionales como el del Atlántico Norte y el Pacto de Varsovia.

Trágico fenómeno que no tardó en impactar a Berlín, la capital oriental germana que, corriendo la misma suerte de Alemania, quedó también tetradividida. Debido a ello, la economía del área bajo el control aliado no tardó en crecer y los habitantes del sector oriental comenzaron a emigrar hacia la zona occidental, orillando a la RDA a frenar radicalmente esta emigración. ¿Cómo? La estrategia elegida fue la construcción de un infame muro en la porción centro-norte de la ciudad, dando origen así a uno de los símbolos más cruentos del fin de la Segunda Guerra Mundial: el Muro de Berlín - pared de entre 3.5 y 4 metros de altura erigida con un alma inimpugnable de cables de acero-, de cuya caída estamos celebrando el trigésimo aniversario.

“Muro de la vergüenza”, cuya edificación inició en la amarga noche del 12 de agosto de 1961, cuando el gobierno de la RDA comenzó la edificación del que llamó Muro de Protección Antifascista. Primero fue la instalación de 155 kms. de una cerca de espino; meses después, 12 kms. eran de hormigón y 10 000 kms. de alambre de púas, dispuestos a lo largo de 500 000 metros cuadrados, dando con ello origen a la que fue llamada la “franja de la muerte”. Dolorosa frontera que separó en dos mundos confrontados, a partir de una misma ciudad, a una misma nación, la alemana, y con ello, a la humanidad. Límite resguardado por una malla de tela metálica dotada de controles militares y trincheras, que contó para su función con 31 bunkers y más de tres centenares de torres de vigilancia, además de un foso y una carretera por la que circulaban, las 24 horas, vehículos militares y patrullas con perros.

Muro desplantado en la Bernauer Strasse, la “calle de las lágrimas”, cuya acera y arroyo quedó en el sector aliado y los edificios, tapiados, en el soviético, y que además de separar familias y colectividades, fue cementerio de miles de personas -aunque cifras oficiales digan que solo mil- que intentaron traspasarlo para reunirse con los suyos o en pos de una existencia mejor, pagando con la vida como precio por su infructuosa aspiración, como Rudolf Urban, Bernd Lünser, Günther Litfin y Peter Fechte, entre los primeros en caer acribillados.

Por eso otra noche, la del 9 al 10 de noviembre de 1989, el mundo se cimbró cuando el muro cayó. No daba crédito. Su apertura, Die Wende, según testigos presenciales, fue un error del gobierno soviético en una declaración en directo durante una conferencia de prensa al informar que se habían retirado todas las restricciones para su cruce. La ciudadanía se volcó lanzándose al muro, gritando “somos el pueblo” (wir sind das volk), logrando con ello que los policías abrieran en los puntos de acceso sin hacerles frente. El milagro estaba hecho.

Hoy, a tres décadas de distancia, nos seguimos preguntando y condenando el por qué del muro, pero ahora también nos preguntamos el por qué de la violencia que, inclemente, nos confronta y arrasa, día a día; el por qué de la insensibilización social, el por qué la humanidad actúa como lo hace, cada vez más irracional y sanguinaria, pero son tantos los por qué y tan pocas las respuestas que nos satisfagan, que la tristeza, la impotencia, la desesperanza y la rabia nos hacen su presa.

Y es que actualmente seguimos amurallados, solo que nuestros muros, a diferencia del atroz muro berlinés, no están hechos de púas, encino, hormigón ni acero. Nuestros muros son muros virtuales, intangibles, construidos en el interior de cada quien, y por ello derribarlos es más difícil de lograr. Son los muros de la incomprensión primitiva que confronta nacionales con extranjeros, los del execrable odio social que sigue cultivando el encono entre pobres y ricos, los de la ignominia, cuando quienes detentan el poder en todos los órdenes desoyen y desdeñan los reclamos ciudadanos. Muros ancestrales que, desde el origen de la humanidad, no hemos podido derribar y que se traducen en la rivalidad entre hombres y mujeres y en la aversión intestina del uno para con el otro.

Una pregunta final: ¿seremos capaces de hacer que también estos nuevos muros caigan alguna vez?


bettyzanolli@gmail.com @BettyZanolli


Betty Zanolli Fabila

“Dos yoes / hacen dos sombras / dos yoes / son dos sueños”: C. Grasnick. Sí, como resultado de la Conferencia de Yalta, se determinó dividir Alemania como “requisito para la futura paz y seguridad” del mundo. Su parte oriental sería administrada por la URSS y la occidental por Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. En 1949 nacieron Alemania Occidental primero, confirmando la creación de la República Federal Alemana (RFA), con capital en Bonn y, más tarde, la República Democrática Alemana (RDA), con capital en Berlín. Sin embargo, esto era solo el principio de la llamada Guerra Fría. Al paso del tiempo, las relaciones entre los bloques de los antiguos aliados comenzaron a enfriarse y las desintegraciones a aparecer, reforzadas por la suscripción de diversos tratados regionales como el del Atlántico Norte y el Pacto de Varsovia.

Trágico fenómeno que no tardó en impactar a Berlín, la capital oriental germana que, corriendo la misma suerte de Alemania, quedó también tetradividida. Debido a ello, la economía del área bajo el control aliado no tardó en crecer y los habitantes del sector oriental comenzaron a emigrar hacia la zona occidental, orillando a la RDA a frenar radicalmente esta emigración. ¿Cómo? La estrategia elegida fue la construcción de un infame muro en la porción centro-norte de la ciudad, dando origen así a uno de los símbolos más cruentos del fin de la Segunda Guerra Mundial: el Muro de Berlín - pared de entre 3.5 y 4 metros de altura erigida con un alma inimpugnable de cables de acero-, de cuya caída estamos celebrando el trigésimo aniversario.

“Muro de la vergüenza”, cuya edificación inició en la amarga noche del 12 de agosto de 1961, cuando el gobierno de la RDA comenzó la edificación del que llamó Muro de Protección Antifascista. Primero fue la instalación de 155 kms. de una cerca de espino; meses después, 12 kms. eran de hormigón y 10 000 kms. de alambre de púas, dispuestos a lo largo de 500 000 metros cuadrados, dando con ello origen a la que fue llamada la “franja de la muerte”. Dolorosa frontera que separó en dos mundos confrontados, a partir de una misma ciudad, a una misma nación, la alemana, y con ello, a la humanidad. Límite resguardado por una malla de tela metálica dotada de controles militares y trincheras, que contó para su función con 31 bunkers y más de tres centenares de torres de vigilancia, además de un foso y una carretera por la que circulaban, las 24 horas, vehículos militares y patrullas con perros.

Muro desplantado en la Bernauer Strasse, la “calle de las lágrimas”, cuya acera y arroyo quedó en el sector aliado y los edificios, tapiados, en el soviético, y que además de separar familias y colectividades, fue cementerio de miles de personas -aunque cifras oficiales digan que solo mil- que intentaron traspasarlo para reunirse con los suyos o en pos de una existencia mejor, pagando con la vida como precio por su infructuosa aspiración, como Rudolf Urban, Bernd Lünser, Günther Litfin y Peter Fechte, entre los primeros en caer acribillados.

Por eso otra noche, la del 9 al 10 de noviembre de 1989, el mundo se cimbró cuando el muro cayó. No daba crédito. Su apertura, Die Wende, según testigos presenciales, fue un error del gobierno soviético en una declaración en directo durante una conferencia de prensa al informar que se habían retirado todas las restricciones para su cruce. La ciudadanía se volcó lanzándose al muro, gritando “somos el pueblo” (wir sind das volk), logrando con ello que los policías abrieran en los puntos de acceso sin hacerles frente. El milagro estaba hecho.

Hoy, a tres décadas de distancia, nos seguimos preguntando y condenando el por qué del muro, pero ahora también nos preguntamos el por qué de la violencia que, inclemente, nos confronta y arrasa, día a día; el por qué de la insensibilización social, el por qué la humanidad actúa como lo hace, cada vez más irracional y sanguinaria, pero son tantos los por qué y tan pocas las respuestas que nos satisfagan, que la tristeza, la impotencia, la desesperanza y la rabia nos hacen su presa.

Y es que actualmente seguimos amurallados, solo que nuestros muros, a diferencia del atroz muro berlinés, no están hechos de púas, encino, hormigón ni acero. Nuestros muros son muros virtuales, intangibles, construidos en el interior de cada quien, y por ello derribarlos es más difícil de lograr. Son los muros de la incomprensión primitiva que confronta nacionales con extranjeros, los del execrable odio social que sigue cultivando el encono entre pobres y ricos, los de la ignominia, cuando quienes detentan el poder en todos los órdenes desoyen y desdeñan los reclamos ciudadanos. Muros ancestrales que, desde el origen de la humanidad, no hemos podido derribar y que se traducen en la rivalidad entre hombres y mujeres y en la aversión intestina del uno para con el otro.

Una pregunta final: ¿seremos capaces de hacer que también estos nuevos muros caigan alguna vez?


bettyzanolli@gmail.com @BettyZanolli